Deseo salvaje

Deseo salvaje

Es la adaptacion de un libro de Gena Showalter (hot)

Capítulo Once (2 parte)

perdon pero ayer no mpude subir todo el capitulo completo  aqui esta la parte que me falto

y es para Letu,  NO QUIERO QUE TE DE UN INFARTO!!!!!!!!!!!!!!!!!!

 

 

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Lo pensé un momento y asentí. Podía simular que el avión era la habitación del hotel y, con un poco de suerte, olvidar que estaba a miles de metros del suelo, a punto de estrellarme contra...

-Sí, sería mucho mejor.

-Mi tripulación puede tenerlo listo en media hora, si no te importa esperar.

-Pero, ¿y tú? -mi alivio debía ser patente, pero quería ser cortés-. ¿No te importa no pilotar?

-Me importa, quería impresionarte, pero podré soportarlo -me llevó a una sala con aire acondicionado e hizo una llamada.

No fueron los treinta minutos que había predicho. Su equipo tuvo el avión listo en veinte. Y, que Dios me ayudara, embarqué.

 

 

 

Una vez en el avión, Nick me hizo una visita guiada. El lujo me dejó atónita. En la entrada había un suave sofá color marfil, y una televisión colgada, perfecta para verla recostado.

Había un despacho equipado con sillas, mesa y pizarra. Después me enseñó un cuarto de baño mayor que el de mi casa. Y por fin... me dio un vuelco el estómago al ver el dormitorio. Tenía un colchón pequeño y de aspecto cómodo, sábanas de seda y un edredón. Estaba segura de que la habitación se utilizaba para sestear, pero a mi cerebro le dio igual.

Me imaginé a Nick allí tumbado, desnudo y llamándome con un dedo. Estaba segura de que dedicaba más tiempo a pensar en Nick desnudo que a cualquier otra cosa. Si alguien me pagara por fantasear con él... En fin. Seguí con la fantasía: su piel bronceada contrastaba con las sábanas blancas. Todo su cuerpo estaba duro. Ardiente. Dispuesto. Seguía llamándome con el dedo y una mirada seductora.

Tragué saliva.

-Vamos a prepararnos para el despegue -el Nick real puso una mano en mi cintura y el contacto me provocó escalofríos de deseo.

No me moví. No podía. ¿Cómo podía excitarme tan rápidamente? Lo miré a los ojos.

-O si prefieres esperar y hacer otras cosas -tragó aire-, me parecería muy bien.

Nos quedamos inmóviles, inmersos en pensamientos demasiado libidinosos para expresarlos. Por fortuna, recuperé el sentido común. Ése no era el momento ni el lugar. Necesitaba distancia. Di un paso atrás y simulé estar molesta, aunque me tentaba mucho su ofrecimiento.

-Ni lo sueñes -conseguí decir.

-Lástima -miró mis labios-. Puede que la próxima vez.

De la mano, me llevó al sofá y me puso el cinturón de seguridad. Empecé a temblar. Procuré mantener una expresión impasible, serena, para que no cancelara el vuelo. Tenía que demostrarme que podía hacerlo. Que el miedo no me dominaba.

-Hace falta coraje para enfrentarse al miedo. Me siento orgulloso de ti.

-Gracias -yo también estaba orgullosa.

Unos minutos después los motores rugieron y el avión empezó a moverse. El piloto dijo algo por los altavoces, pero me pitaban los oídos y no lo entendí.

-Si el avión se estrella contra el océano, es probable que los tiburones me coman viva.

-No volaremos sobre el océano, sino sobre las montañas.

-¡Peor aún! En las montañas hay osos -aferré la mano de Nick. Estaba segura de que mi rostro estaba verdoso. Al menos era el color favorito de Nick, debía parecerle la diosa de la belleza-. ¿Y si el piloto no ve una porque confunde la nieve con una nube?

-Entonces, juro por Dios que lo despediré -Nick agarró mi barbilla y bajó la cabeza. Sus labios encontraron los míos e invadió mi boca con la lengua sin pedir permiso.

Delicioso. Mi miedo disminuyó mientras pensaba en cuerpos sudorosos, piernas revueltas y placer desbocado. Nick sabía a puro pecado. Caliente, viril y prohibido. Su boca era como una droga.

Minutos después surcábamos el aire. Ni siquiera noté el despegue. Si moría ese día, sería con una sonrisa en la cara. Nick sabía besar. Era innegable.

Besaba con todo el cuerpo. Con manos, pecho, piernas. Su masculinidad me consumía. Era un cambio refrescante con respecto a los besos de Richard, que seguían la pauta: «meter la lengua hasta tu garganta antes de meterme en tus bragas».

Él llevó una mano a mi pecho y lo acarició.

Gruñó. Yo gemí. Me excité aún más. Pensé en lo fácil que seria para él bajarme los pantalones y penetrarme. Fácil... y maravilloso.

Él se apartó de repente. Cerró los puños. Respiraba con agitación, igual que yo.

-Un día, pronto, ________, voy a enseñarte exactamente cuánto placer puedo darte. Y ninguno de los dos podremos andar durante una semana.

Capítulo Once

 

 

Igual que un Tigre busca y utiliza tus debilidades en contra tuya, debes encontrar y utilizar las suyas en su contra. Aprovecharse de una debilidad puede marcar la diferencia entre victoria y derrota.

 

 

Pasé el día siguiente, viernes, al teléfono.

Nick me llamó. Richard también.

Le dije a Richard que se muriera y se fuera al infierno. A Royce le colgué sin decir una palabra.

-Bonita tu foto con Gwendolyn. Tu no-novia. ¿También le has pedido que se case contigo? -dije cuando llamé por segunda vez. El se rió. Y mucho.

-Es una amiga. Nada más. Hacemos juntos el circuito de actos benéficos. Me encantaría que a partir de ahora me acompañases tú. ¿Te interesa?

Sonó muy sincero, pero lo mismo había pasado con Richard.

-No, gracias -respondí y colgué. No sabía qué pensar. ¿Debería creerlo? ¿Y por qué diablos me importaba tanto? No teníamos una relación, de eso ya me había ocupado yo a conciencia.

Ignore la llamada «¿encontraste algo?» de mi madre y la de «¿cómo estás?» de Jonathan. Sí contesté a la de «¿te gustaría salir conmigo?» de Jennifer: le expliqué la razón del beso y se lo tomó bien.

En todo ese tiempo, mi PDA no dejó de sonar.

Pitaba y pitaba sin descanso.

Finalmente tiré el asqueroso aparato por la ventana y me satisfizo mucho oír cómo se estrellaba. Sintiéndome mejor, llamé a todos los números de la factura telefónica de Jonathan, siempre con la misma excusa: «Tenía una llamada perdida suya. ¿Quién es y por qué llamó a este número?»

Las respuestas fueron variopintas. Sólo dos me inquietaron. Jonathan había llamado a Nora Hallsbrook, su secretaria, varias veces en mitad de la noche. También había llamado seis veces a un salón de belleza: Body Electric. Eso sólo podía significar una cosa: el desalmado practicaba el sexo telefónico con su secretaria y pagaba sus tratamientos de belleza.

Era tópico y repugnante. Sabía que no había llamado al salón para concertar una cita para mi madre. Ella no habría hablado de otra cosa durante días.

Por muy enfadada que estuviera con mi padrastro, también me sentía muy dolida e increíblemente traicionada. Se suponía que él no era como mi padre. Se suponía que cuidaba de la unidad familiar. Que amaba a mi madre, que la adoraba. Que me quería a mí.

Me apreté el puente de la nariz. Me habría gustado ver la factura de la tarjeta de crédito de Jonatito para ver qué le había pagado a Nora. ¿Un bronceado? ¿Depilación por láser? ¿Un masaje completo para que olvidara sus remordimientos por destrozar un matrimonio?

Había visto a Nora muchas veces. Era una mujer de atractivo medio, de cuarenta y pocos años, con mucho pelo y montones de maquillaje; no era la que había visto en las fotos, la joven con el bebé. ¿Podía estar Jonathan viendo a dos mujeres? No era imposible. Richard, que ojalá cayera al océano y fuera devorado por los tiburones, había tenido una mujer en cada edificio de cada ciudad de Estados Unidos.

Dios, ¿qué iba a decirle a mi madre? Decidí que nada, de momento. No debía hablar sin pruebas concretas o ella podría excusar a Jonathan, dejándose llevar por la incredulidad.

Igual que había hecho yo muchos años. Y ella con su anterior marido.

Me levanté de un salto y fui a la cocina a por la guía telefónica. Buscaría pruebas. Busqué la dirección de Nora y la del salón de belleza. Acababa de apuntarlas cuando sonó mi teléfono. El identificador de llamada decía que era Jonas, Nick.

-¿Qué? -ladré.

-He decidido que quieras o no acompañarme, no iré a más eventos con Gwen. Sólo quiero ir contigo.

Me cosquilleó la piel al oír esa voz grave y llena de promesas. No deberían importarme sus palabras, pero me importaban. Tal vez fuera idiota; otra vez, pero en cierto modo lo creía.

«Boba», dijo mi Tigresa. ¿Sería yo igual que mi madre?

-¿Tienes hambre? -preguntó.

-No, lo siento -dije, a mi pesar-. Estoy ocupada.

-¿Haciendo qué? ¿Trabajando en la fiesta de mi madre?

-La verdad es que no. No es buen momento para hablar. Iba a salir.

-¿Dónde está tu PDA? Programé una reunión para hoy y debería haber estado pitando toda la mañana. Deberías estar de camino al despacho.

-Huy, pues no he oído nada -llamaron a la puerta. Suspiré con frustración, odiando colgar pero sabiendo que debía hacerlo-. Hablaré contigo más tarde. Tenemos que hablar del viaje a Colorado mañana, y de que sigo sin querer ir -colgué antes de que pudiera protestar. Fui al salón y tiré el teléfono sobre el sofá.

Agarré las llaves y el bolso, uno viejo, feo y blanco, porque aún no había reemplazado el robado. Llevaba puestos pantalones marrones y blusa blanca. Sandalias marrones, perfectas para un paseo de tres kilómetros. El pelo recogido de la forma habitual. Pretendía pasar desapercibida.

Sin detenerme a comprobar quién llamaba, abrí la puerta, dispuesta a librarme de quien fuera.

Me quedé parada en el sitio.

Nick me sonrió. Llevaba vaqueros y una camiseta negra que se pegaba deliciosamente a sus bíceps y pectorales, delineando cada músculo.

Nunca lo había visto vestido tan informal y se me hizo la boca agua. Mis pezones reaccionaron de inmediato: «Hola, Nick. Te queremos y nos gustaría una presentación en toda regla».

-Trabajé hasta tarde anoche y me he tomado el día libre porque había planificado vernos hoy -dijo, guardando su móvil en el bolsillo. Aún sonriente, quizá porque había visto mis pezones, añadió-. Voy contigo, donde quiera que vayas tan apresurada.

Luché contra un escalofrío de excitación. La idea de pasar el día con él me atraía en muchos sentidos. Oiría su voz, percibiría su calor y lo miraría tanto cuanto quisiera. Pero eso me distraería de mi importante labor como Detective Delacroix.

-No, no vienes -lo rodeé, esforzándome por no tocarlo y cerré la puerta. Sin mirarlo siquiera, fui al vestíbulo de entrada. Me encantaba vivir en un bajo. Ni escaleras ni ascensor, gracias.

-¿Dónde vamos? -preguntó a un paso de mí.

Mientras intentaba ignorarlo, sentí su calor penetrar hasta mis huesos. Me detuve antes de salir a la calle. Su aroma a sándalo me rodeaba.

-No vas a librarte de mí -dijo, antes de que pudiera decirle que se largara.

-Nick...

-________. Voy contigo. Fin de la conversación.

Comprendí que si no lo invitaba a acompañarme, me seguiría y atraería toda clase de atención indeseada. Tenía un rostro demasiado sexy y reconocible. Prefería que él me distrajera a la posibilidad de que mi presa me viera.

-¿Puedes ser taimado, Nick? ¿Puedes hacerte invisible en una multitud?

-Sí -contestó él, arrugando la frente.

-¿Has traído coche?

-Sí.

-Perfecto, puedes venir -lo bueno: no tendría que andar ni pagar un taxi si me cansaba. Odiaba los taxis, y más los autobuses, pero aún no tenía bastante dinero para arreglar mi viejo coche-. Vamos a un salón de belleza en la calle Mayor. Body Electric.

-La alegría de tu voz me reconforta.

-Entonces, hoy es mi gran día -dije, sarcástica.

Él resopló.

Señor, era sexy incluso cuando resoplaba. Sentía cómo me fundía, mis huesos se volvían agua esperando una caricia. Me ardían las manos por explorarlo. Por tocar su piel y rodear su...

-¿Qué vas a hacerte en el salón? Estás perfecta como estás.

Le hice una mueca antes de abrir la puerta. Estaba volviendo a hacerlo. Era tan dulce e irresistible que me convertía en una masa pegajosa por dentro.

-No seas amable conmigo, ¿vale? -ya estaba claro que no podía resistirme a él físicamente, pero necesitaba resistirme emocionalmente. Y eso era muy difícil con su endiablada y encantadora personalidad.

-¿Qué? -soltó una risita ahogada-. ¿Por qué?

-Porque si -la brillante luz del sol y el calor me golpearon con fuerza al salir, y de repente agradecía que hubiera insistido en acompañarme.

Habría odiado pasar más de unos segundos andando.

Junto a los arbustos, vi los restos de mi PDA e intenté distraer a Nick.

-Para contestar a tu primera pregunta, no voy a hacerme nada. Sólo quiero echar un vistazo. ¿Dónde está tu coche?

Sin decir palabra, fue hacia una limusina negra y abrió la puerta de atrás. Ver tanto lujo y riqueza ante mi modesto edificio, con su césped mal cortado y pintura desconchada, resultaba muy extraño.

-Después de ti -Nick hizo un gesto para que entrara. Me quedé parada, asombrada.

-¿Intentas impresionarme? Porque lo estás consiguiendo.

-La verdad -su bello rostro esbozó una sonrisa avergonzada-, es que quería tener las manos libres.

«Bravo», gritaron mis pezones.

«Esperamos que juegue antes con nosotros», apuntaron mis muslos.

-¡Maldición! -mascullé. Tenía que controlar mis pensamientos. Tal vez, quizá, me creyera lo de Gwendolyn Summers, pero estaba en una misión para salvar a mi madre. Nada importaba más en ese momento, ni siquiera el placer.

-¿Qué? -pregunto Nick, todo inocencia.

-Más te vale guardarte esas manos para ti -entré en el coche y tuve la sensación de que mis problemas se esfumaban. El aire acondicionado me envolvió. Los asientos eran tan mullidos y perfectos que me rendí a su decadencia. Eran blandos como nubes.

Nick entró y nuestros hombros se rozaron. Sentí que un escalofrío recorría mi espalda.

-Body Electric -le dijo al chofer. Segundos después, la limusina se puso en marcha-. ¿Quieres decirme qué te preocupa? Tienes ojeras y estás más pálida de lo normal.

-¿Viste el artículo sobre mí en el Tattler? -pregunté, porque no quería hablar del tramposo de mi padrastro.

-Bueno, sí. Creo que todo Dallas lo ha visto.

-Me llamaban alienígena. Debería demandarles.

-¿Basándote en qué? -soltó una carcajada.

-Estoy segura de que a mi abogado se le ocurriría algo -recosté la cabeza-. Me sorprende que no hubiera nadie esperando a la puerta, para sacarnos fotos cuando salimos.

-Sí que lo había.

-¡Qué! -me erguí y lo miré fijamente.

-Había una mujer detrás de los arbustos. Su cámara nos apuntaba directamente.

-¿Y no dijiste nada? Ay. No puedo creerlo -le di una palmada en el muslo-. Más vale que hagas algo. Págale para que te dé el carrete, o amenázala con conseguir que la despidan. ¡Haz algo! Lo que sea. No necesito otra horrible foto mía circulando por ahí. La última casi maté a mi madre.

Nick curvó los dedos sobre mi mano y se acercó, rodeándome con su delicioso olor a sándalo.

-Me ocuparé de ello -me besó en la sien antes de recostarse-. No te preocupes -no soltó mi mano.

Ese sencillo beso me afectó profundamente, pero el que nuestros dedos siguieran unidos significó aún más. Anhelé fundirme con él, absorber su fuerza, su calma. Pero me quedé donde estaba. No podía confiar en un hombre, y menos para que me reconfortara. No me permití pensar que estaba confiando en él para que solucionara el problemita de la fotógrafa.

-Gracias -dije con sequedad.

-De nada -contestó él, también seco-. Ahora, cuéntame por qué quieres ver ese salón de belleza.

-Quiero ver qué servicios ofrecen -me encogí de hombros. Era verdad. No dije que también quería descubrir si Nora era clienta habitual.

-¿Por qué? -persistió él.

Ignoré su pregunta y miré por la ventanilla. Los cristales eran oscuros por fuera y la gente no podía vernos a nosotros.

-¿Crees que podrías conseguirme una lista de las empleadas del salón? -si Nora no era la otra mujer, esa lista podría ayudarme a conseguir otras pistas.

-Desde luego -dijo Nick-. Si me dices para qué la quieres.

-Bueno -me volví hacia él, ideando una mentira-, mi madre tiene una gemela y las separaron al nacer. Lleva toda la vida buscando a su hermana y sospecho que podría ser una de las empleadas. Y ahora que mi madre se muere de cáncer... -me limpié una lágrima imaginaria- me gustaría hacerle este regalo.

-Muy trágico -dijo Nick seco-. ¿Sabías que tu voz se vuelve más aguda cuando mientes?

Diablos, mi madre me había advertido sobre eso. Cruce los brazos sobre el pecho y arrugué la frente.

-Tal vez un regalo mejor para tu madre «moribunda» sería darle nietos -sugirió él.

-No eres nada gracioso -le dije, al alzar las pestañas y ver cómo me miraba, divertido.

-Hemos llegado -dijo Nick cuando la limusina se detuvo ante un edificio blanco. Sin esperar al chofer, abrió la puerta él y salió. Me ofreció una mano.

-¿Se supone que vamos de incógnito? -preguntó él. Cuando vio que yo arrugaba la frente, confusa, se explicó-. Antes de salir me preguntaste si sabía cómo ser taimado.

-No quiero que se enteren de mi nombre, pero no importa que digas el tuyo.

-Entonces, deja que hable yo.

Entramos juntos. Había un largo mostrador atendido por varias jovencitas muy atractivas. Demasiado jóvenes para Jonatito, sin duda. Aunque estuviera dispuesto a arruinar su matrimonio, no le creía capaz de arruinar su reputación profesional por una menor.

Pero, ¿qué sabía yo de los hombres?

-¿Cómo puedo ayudarles? -preguntó una rubia.

-Soy Nicholas Jonas y me gustaría hablar con la propietaria -su voz rezumó autoridad-. Mi prometida no está segura de qué salón utilizar el día de nuestra boda. He venido para ver qué clase de servicios ofrecen para que mi corderita se sienta muy especial ese día.

Se me revolvió el estómago al oír «prometida», y «corderita» me provocó un retortijón. ¡Corderita!

-El dinero no es problema -siguió Nick-. Nos interesa el tratamiento completo, por supuesto.

Quizá me equivocaba, pero me pareció ver símbolos de dólar destellar en los ojos de la rubia.

-Vengan por aquí -dijo-. Brenda está en su despacho y estará encantada de hablar con ustedes.

-Mientras mi chiqui-queridín habla con ella -dije-, echaré un vistazo, ¿vale? -sin esperar su permiso, pasé ante el mostrador y tomé un largo pasillo.

-La acompañaré -dijo una de las chicas, poniéndose a mi lado en un instante.

Durante veinte minutos, recorrí el salón entero, charlando con las empleadas. La masajista, la experta en aromaterapia. La manicura, la especialista en bronceado. A todas les hacia la misma pregunta: ¿Es clienta mi tía Nora, Nora Hallsbrook? Porque si no lo es, tengo que traerla. Le encantaría este sitio.

-Sí, es cliente habitual -contestaron todas, confirmando mis temores.

Jonathan el Jeta estaba costeando los lujos de Nora mientras trataba a su esposa como si fuera un insecto molesto. Iba a sufrir. Yo haría que sufriera. Cuando regresara de Colorado lo seguiría cámara en mano y lo pillaría en el acto. Después ayudaría a mi madre a despojarlo de cuanto poseía.

¡Bastardo asqueroso!

Cuando acabó mi visita, volví a la entrada. Nick esperaba en la puerta y la recepcionista flirteaba con él, pasando un dedo por su brazo mientras hablaba. Noté, con disgusto, que llevaba un brazalete verde.

Para mi sorpresa, Nick retiró el brazo discretamente. Incluso se apartó de ella. Tenía los hombros tensos y parecía tan incómodo que la furia que borboteaba en mis venas se extinguió.

-Osito -lo llamé-. He vuelto.

-Corderita -me miró a los ojos y sonrió con alivio-. ¿Has visto todo lo que querías ver?

-Sí -intenté ir hacia él, pero no pude mover los pies. Parecían clavados al suelo. Sentí que una oleada de algo extraño surgía en mi interior. Algo triste y vulnerable. Las lágrimas afloraron a mis ojos.

Nick estuvo a mi lado en tres zancadas y rodeó mi cintura con el brazo. Lo permití. En ese momento odiaba a todos los hombres, pero lo permití. Mi Tigresa parecía estar en huelga y no tuve la fuerza para protestar o rechazar su apoyo.

Quizá, muy en el fondo, no quería protestar. Nick no era como Richard el Bastardo. Nick no era como Jonathan el Jeta. No flirteaba con recepcionistas guapas. Nick me telefoneaba sólo para oír mi voz y hacía que me sintiera importante y necesitada.

-Venga -dijo con gentileza-. Vamos a llevarte a casa -me condujo a la limusina. No hablamos en todo el viaje. Lo agradecí. No sabía qué me pasaba ni por qué mis emociones habían elegido ese momento para desbordarse.

-Hemos llegado, cariño.

Abrí la puerta o intenté salir, pero él me detuvo poniendo una mano en mi muñeca. Con la otra me ofreció la lista que le había pedido.

La agarré y corrí dentro del edificio antes de estallar en lágrimas.

 

 

 

Lloré casi toda la noche, y mis lágrimas me enfurecieron aún más. Con Jonathan. Conmigo misma. Con Nick y Gwendolyn. Un segundo creía a Nick y al siguiente no. ¿Indicaba eso que era tan tonta como mi madre? Peor aún, ¿me convertía en la misma tonta ________ que había sido antes?

Me dije que no. No confiaba en Nick del todo.

Infidelidad... ¿Por qué se les daba tan bien a los hombres? ¿Por qué creían que estaba bien pisotear el corazón de una mujer mintiéndole y entregando lo mejor de sí mismos a mujeres distintas de su esposa? No estaba bien. No era aceptable. Era repugnante, irrespetuoso, vil y lamentable.

Cuando Nick llegó la mañana siguiente aún tenía los ojos rojos e hinchados. Odiaba tener que ir de viaje. Había demasiado que hacer: seguir a Nora, sacar fotos de ella con mi padrastro y, por supuesto, lo más importante de la lista, matar a Jonathan.

Pero tal vez el viaje me iría bien. Nick era una buena distracción. Además, mi madre no dejaba de telefonear y estaba ignorando sus llamadas. No podía mentirle y decir que no había descubierto nada, pero no podía contarle lo que había descubierto.

Aún no. Lo haría cuando ella no pudiera negarlo.

Le abrí la puerta a Nick. Llevaba unas cuatro docenas de orquídeas en los brazos, una mezcla de flores amarillas, blancas, rosas y azules. ¡Azules!

Sorprendida, me quedé un momento sin habla.

-Para ti -dijo-. Sé que el azul es tu color favorito, así que hice que tiñeran algunos pétalos.

Debía tener una expresión horrorizada cuando acepté el ramo como si fuera una bomba a punto de explotar. Richard el Bastardo siempre me llevaba flores, rojas rosas, después de hacer algo malo.

Aún así, me aleteó el corazón. Nick se había esforzado mucho, había pensado en mis preferencias. Y sospeché que lo había hecho para que me sintiera mejor, no para ocultar su mal comportamiento.

-Tuve que buscar en todo el maldito estado para encontrarlas -dijo.

-Son preciosas -murmuré-. Gracias.

-Si empiezas a llorar, tendré que arrancarme el corazón y entregártelo. ¿Cómo te encuentras? -sonrió, travieso-. Iba a regalarte una lista de cosas que hacer, pero eran todas bastante picantes, y prefiero esperar a que estés más receptiva.

Me reí; no pude evitarlo. Y me gustó olvidar mis problemas, relajar mis tensiones y disfrutar de él.

-¿Vas a invitarme a entrar? -preguntó Nick-. Tengo otro regalo para ti.

-Oh, claro. Entra. ¿Qué clase de regalo? -no pude ocultar mi entusiasmo.

-Para ti -dijo, poniendo un reluciente PDA nuevo en mi mano.

¡Maldito e infernal aparato!

-Vi que al tuyo le habían salido alas y había volado por la ventana; pensé que te gustaría tener otro.

-Vaya, gracias.

-¿Estás lista para marcharnos?

-Deja que ponga las flores en agua -sin mirar atras, fui a la cocina. Una vez allí, metí la agenda electrónica bajo un montón de revistas, de donde no volvería a salir, y coloqué las orquídeas en mi jarrón favorito. Cerré los ojos e inhalé con placer su fresco y delicioso aroma.

Me gustaba que Nick se hubiera molestado tanto por mí. Pero también lo odiaba. Empezaba a sentirme reblandecida por dentro.

Coloqué el jarrón en el centro de la mesa y luego trasladé a la encimera los claveles rosas que mi padrastro me había enviado esa mañana. No sabía por qué los había conservado. Tal vez para recordarme que en realidad el era un sándwich de pavo en pan de centeno oculto bajo una cobertura de chocolate. En la tarjeta, me felicitaba por haber conseguido un proyecto tan lucrativo y me sugería que rellenara una solicitud para convertirme en la señora de Nicholas Jonas.  También pedía disculpas por presionarme para que volviera con Richard.

¿Cómo podía ser tan dulce y al mismo tiempo tratar tan mal a mi madre?

-¿Quién te ha enviado ésas? -preguntó Nick a mi espalda. Estaba tan cerca que sentí su calor. Apoyó las manos en la encimera, desde detrás, atrapándome con su cuerpo.

Tragué saliva. Me estremecí.

Me lamí los labios y es posible que, y no es una confesión, que arqueara un poco la espalda para que la mejor parte de él rozara mi trasero. El deseo me asaltó como rizos sedosos que se curvaban a mi alrededor. Habrá bajado las defensas y no sabía si era por el carrusel emocional de los últimos días o porque estaba destinada a responder a Nick pasara lo que pasara. Fuera por lo que fuera, lo deseaba.

Tal vez debería hacerme un replanteamiento sexual. Tal vez estar con él antes de la fiesta de su madre no sería tan mala idea.

-¿Quién me ha enviado qué?

Él se inclinó hacia delante y su fragancia de sándalo me rodeó con tanta fuerza como su calor.

-Eso -dijo con tono airado. Señaló los claveles.

-No es asunto tuyo -por lo visto tenía otro ataque de celos. Volví la cabeza para ver qué efecto tenían mis palabras. Ante mis ojos, la expresión serena de Royce se volvió oscura y furiosa.

-¿Quién te envía flores, ______? ¿Estás saliendo con otra persona?

Estudié la línea dura de su mandíbula. Se había puesto celoso cuando creyó que flirteaba con Joe, pero esto era distinto. Más potente. Crudo. Igual que había pasado antes, una parte de mí disfrutaba al pensar que ese hombre tan sexy y maravilloso se sintiera posesivo con respecto a mí.

-Como ya he dicho, Nick, no es asunto tuyo -tal vez jugara con fuego al pincharlo, pero en cierto sentido me atraía la idea de quemarme.

-¿Quién es él? Tengo derecho a saberlo. ¿Estás viendo a otro?

Apreté los labios, negándome a contestar. Una vena empezó a latir en la sien de Nick. Pensé que si apretaba más los dientes se le partiría la mandíbula. ¿Era cruel disfrutar tanto con su reacción?

Mi ex, que ojalá acabara en una isla desierta acompañado por un enjambre de abejas asesinas, había sido un hombre celoso, pero sus celos habían sido acusadores, insultantes, no posesivos.

Sintiéndome temeraria y peligrosa, arranqué un pétalo de un clavel e inhalé su aroma con deleite.

-Es precioso, ¿no crees? -Nick agarró mi brazo y me hizo girar en redondo, consiguiendo toda mi atención. El pétalo floté hacia el suelo. Sus ojos ardían como brasas.

-¿Estás viendo a otro? -ladró.

-¿Y qué si lo hago? A ti te han fotografiado con la señorita Summers.

-Eso no es una respuesta, y ya te he explicado lo de Gwen. Ya la he llamado para decirle que no volveré a escoltarla. Ahora, dime, ¿estás saliendo con otro?

-No -suspiré, inexplicablemente aliviada porque, cumpliendo su palabra, hubiera dicho adiós a Gwennie-. ¿Ya estás contento?

-¿De quién son? -me soltó, relajado de repente y muy tranquilo. Sonó curioso, como si no hubiera estado a punto de estallar un momento antes.

-De mi padrastro.

-Bien -me retiró un mechón de pelo del rostro y lo puso tras mi oreja; sus dedos acariciaron mi mejilla-. Me niego a compartir. Recoge tus cosas y nos pondremos en marcha -no me dio tiempo a protestar, simplemente salió de la cocina.

«Se negaba a compartirme».

Me apoyé en la encimera que tenía detrás y fruncí el ceño. Eso era justo lo que diría un dominante Triple C. Tan macho. Tan repugnante.

Tan dulce.

Solté una exhalación. «A ti tampoco te gusta compartir, _______, ¿recuerdas? Y siempre habrá otras mujeres intentando captar la atención de Nick. ¿Cuánto tiempo crees que seguirá sintiéndose atraído por ti, y sólo por ti?».

El ceño se convirtió en una mueca. No debería querer estar con él, no tanto, y sus legendarias conquistas no deberían importarme. De nuevo, no tanto.

Fui a mi dormitorio a por el bolso de viaje y el maletín. Se despertó en mi una intensa inquietud que borró todo pensamiento de mi mente; iba a subir a un avión, un instrumento volador y mortal.

Temblorosa, salí a buscar a Nick.

Estaba recostado en los cojines rojo brillante de mi sofá, como si estuviera en su casa. Su expresión se iluminó al verme.

-¿Lista?

Conseguí asentir. Preferiría enfrentarme a las llamas del infierno a poner un pie en un avión. Tal vez debería haberle pedido a Jonathan que me hipnotizara para la experiencia. Nunca había funcionado antes, pero estaba desesperada.

-Te divertirás, te lo prometo -dijo.

Con el corazón desbocado, casi me volví loca en el camino al aeropuerto. Nick no paró de hablar, preguntándome por mis miedos e intentando tranquilizarme con estadísticas y con los requisitos que exigía a sus mecánicos y a sus aviones. Yo no dije palabra. Estaba demasiado nerviosa para conversar.

Cuando llegamos a nuestro destino, empezaron a pitarme los oídos. Sacudí la cabeza, pero el ruido no se fue. No podía ser el PDA, no lo llevaba.

-¿Qué es ese pitido? -pregunté-. ¿Lo oyes tú?

-No. Cariño, todo irá bien -dijo Nick-. Te lo prometo. Odio que estés tan asustada.

Mientras recorríamos un pasillo de la mano, ni siquiera había intentado soltarme, miré su perfil de reojo. Parecía perfectamente sereno. Nuestros pasos resonaban en el hangar. Cuanto más nos acercábamos al avión, más tensa me ponía, Apreté su mano, esperando que se detuviera o fuera más despacio. Había pensado que podría hacer esto.

No podía.

-Por favor, Nick. Elige un lugar en Dallas para la fiesta -el pitido en mis oídos subía de volumen.

Él no se detuvo, ni siquiera hizo una pausa.

-Tenemos que conquistar ese miedo tuyo. Tengo que viajar, es parte de mi trabajo, y quiero que puedas venir conmigo. Una vez estemos en el aire, te encantara. Estoy seguro.

-Por favor -repetí, desesperada.

-Preciosa -me miró-. ¿Confías en mí? Tienes que saber que no permitiría que te ocurriera nada malo.

-¿No podemos conducir? Estoy segura de que no tardaríamos mucho -el sudor me perlaba la frente.

-Tardaríamos doce horas -soltó una carcajada grave que intentó disimular-. No, volaremos -dicho eso, me guiñó un ojo.

¡Como si eso fuera a solucionar mis problemas!

-Será divertido -dijo-, Ya lo verás.

Yo sabía que lo pasaría mejor si me ataran desnuda en el techo de un taxi que recorriera el centro de la ciudad a tres kilómetros por hora.

-Cuando hayas volado en un avión como éste, no querrás volver a poner los pies en el suelo.

No lo entendía. Tenía que hacerle entender. Pero lo único que salió de mi garganta atenazada fue un «Por favor». El pitido de mis oídos era tan alto que apenas me oí. Esa súplica desesperada lo detuvo por fin. Debió captar el desconsuelo y pánico de mi voz.

-Todo irá bien -me miró con preocupación. Comprendí que repetía las mismas frases para grabarlas en mi cerebro-. No permitiría que te ocurriese nada malo.

-Tenías razón, lo admito, tengo miedo. Odio los aviones -susurré. Los nudillos de la mano en la que llevaba el bolso de viaje se pusieron blancos por lo fuerte que lo apretaba.

-Eso ya lo veo -alzó mi barbilla con un dedo y me miró a los ojos-. ¿Puedes decirme por qué?

¿Dónde estaba mi Tigresa cuando la necesitaba? Me mordí el labio con fuerza, casi me hice sangre.

-Si no dejas de hacer eso, te besaré para curar el daño que te estás haciendo con los dientes.

-No es el avión -desvié la mirada-. En realidad no. Es el miedo a estrellarme.

Él me rodeó con sus brazos y el pitido bajó de nivel. Enterré la cabeza en su cuello. Acarició mi espalda para tranquilizarme.

-Tienes más posibilidades de tener un accidente de coche que de estrellarte en un avión.

-Eso ya me lo has dicho antes, pero me gustaría que se lo dijeras a todos los que han estado en un accidente de avión.

-¿Has volado alguna vez?

-Sí. Una.

-Y no moriste.

-No, pero las ruedas se torcieron al despegar y tuvimos que volar en círculos durante horas, para deshacernos de combustible. Pasé más miedo que en toda mi vida.

-Pero aterrizasteis sin problemas.

-Sí -admití.

-Conmigo de piloto y habiendo revisado el avión yo mismo, esta vez no ocurrirá nada malo.

-Yo... no puedo. Tuvieren que sedarme la última vez, y ni siquiera eso controló mi pánico.

-No es malo tener miedo. Estaré contigo. A tu lado todo el viaje.

-No puedo hacerlo.

-Sí puedes -empezó a andar otra vez, manteniendo un brazo sobre mi hombro. No protesté-. La mejer medicina para el miedo es la confrontación.

-Tienes razón -dije-. Sé que la tienes, pero eso no me impide desear que estés equivocado.

Él no contestó, me dio tiempo para que intentara superar mi pánico desbocado.

-Lo haré -me obligué a decir-. Lo haré. Sí.

-Buena chica. Vamos -apretó la mane sobre mi hombro y aceleró el paso-. No es tan malo como crees -insistió. Por desgracia habíamos llegado al avión. A la trampa mortal.

¿Cómo podía algo tan pesado mantenerse en el aire? Aunque era muy pequeño, parecía pesar toneladas, con su pesado cuerpo de metal blanco y anchas alas.

-Deja que te demuestre lo seguro que es. Te gustará tanto cada segundo que pasemos en el aire que me suplicarás que volvamos a hacerlo otro día.

Eso no ocurriría en toda su vida.

El terror que había conseguido aparcar mientras me refugiaba en sus brazos alzó su fea cabeza de nuevo, con más fuerza. El terrible pitido volvió a mis oídos, tan fuerte que casi grité de miedo.

La bolsa de viaje cayó de mis dedos fríos al suelo. Durante un segundo el mundo que me rodeaba desapareció, transformándose en destellos de luz brillante y blanca. Después, el asfalto se movió bajo mis pies. ¿Por qué tenía la sensación de estar cayendo?

Un momento después estaba de espaldas en el suelo. Busqué a Nick en la niebla oscura que veía.

-_________ -lo oí llamar. Parecía que estuviera al final de un largo tubo-. Háblame, cielo.

El espeso velo que envolvía mi mente empezó a retirarse y la niebla se aclaró. De repente, vi a Nick. Me miraba desde arriba con el rostro tenso de preocupación.

¿Por qué estaba preocupado? Parpadeé confusa.

Lentamente llegó la comprensión. Y con ella la vergüenza.

Virgen santísima, me había desmayado. Nunca en mi vida había hecho algo tan infantil. Mi Tigresa interior por fin había resurgido, pero sólo para rugir con desagrado. Desagrado hacia mí, no hacia Nick. «Debilucha», decía.

-Vamos. Háblame -dijo Nick de nuevo.

-Estoy bien -le aseguré, con un hilo de voz.

Cuanto intenté sentarme, él me lo impidió.

-Aún no. No deberías moverte. Voy a llamar a asistencia médica. Quédate ahí.

-No -ya más fuerte, apreté su mano-. Estoy bien. En serio.

-No te creo -la ansiedad que oscurecía sus ojos me reconfortó. Verla me hizo sentirme como si me hubieran tapado con una manta, calentando mi cuerpo y dado fuerzas. Tentativamente, alcé la mano y toqué su mejilla.

-No estoy herida. Te lo prometo.

Asintió con ternura, guardó el móvil en el bolsillo y me ayudó a levantarme. No noté ninguna consecuencia de mi encontronazo con el suelo. Intenté estirar las arrugas de mis pantalones.

-Podemos quedarnos -me sorprendió diciendo.

-¿En serio? -me animé de inmediato.

-Maldición -se pasó una mano por la cara-. Ha sido como verte caer a cámara lenta. No he podido hacer nada excepto agarrarte antes de que tocaras el suelo -se masajeó la nuca-. Te llevaré a casa.

-No -mi rotundidad lo asombró, y a mí también, pero me sentía como si me hubiera golpeado un martillo. Estaba comportándome como la antigua Naomi, un felpudo temeroso del mundo. Ya no era esa mujer, así que tenía que ser fuerte-. Puedo hacerlo. Es hora de superar mi miedo, como dijiste. Además, mi Tigresa interior me matará si no lo hago.

-¿Tu Tigresa interior? -parpadeó y me miró.

-Eso es -sonreí lentamente-. Mi Tigresa interior. Es fiera, salvaje y valiente.

-Creo que quizá te hayas golpeado la cabeza -puso la mano sobre mi cráneo, buscando un chichón.

-Cuidado, o podría tener que arañarte hasta que mueras.

-Podría dejarte, pero depende de dónde quieras arañar -farfulló. Arrugó la frente y movió la cabeza-. Voy a llevarte a casa, _______. La idea de que te vuelvas a desmayar me pone enfermo. Te ayudaré a superar tu miedo de otra manera.

-Por favor, Nick.

-No discutas. Ni supliques, llores o intentes convencerme. Y nada de lamerte esos deliciosos labios.

Puse los puños en las caderas; mi determinación crecía por segundos.

-O vas conmigo, o pagas a otra persona para que me lleve. Eliges tú.

-Diablos, ________ -bufó-. ¿Qué te parecería volar en un jet grande, de la empresa, en vez de en uno pequeño?

Perdon!!!!!!!!!!!!!

Enserio perdon esque no e tenido tiempo de ir al internet y justo hoy empieso examenes y adivinen con que empieso si con mateEnfermo/a 

Todos mis compañeros nos morimos del miedo uuy  esque ese licenciado da miedo pero a la final sali y estoy aquy pespondi casi todas pèro me falto una Sueño

 

Y como empieso examenes no puedo ir al internet asta el otro viernes cuando termine les prometo suvir un capitulo entero

Adios

QUE HAGO!!!!!!!!!!!!!!

Bueno se preguntaran por que el titulo (si es que alquien lee)  veran me a pasado que algo seguramente a us ya les a pasado

 

El dia martes de la semana que acaba de pasar vino un primo de mi primo aca  donde yo vivo, el se llama Andres y vive muy lejos, a unas 12 hras y bueno al prinsipio solo lo veia y el era tranquilo pasaba sentado en su celular el es lindo y lo que pasa es que yo me dava cuenta que me veia cuando yo no lo veia osea intercanviabamos miradas y lo qie pasa es que el me gusto y mucho

 

Bueno, aqui viene el problema ademas de q vive lejos, a mi prima que es menor que el por tres años tambien le gusto y buenom ella es como mi mejor amiga la quiero mucho, yo buelta soy 11 meses mayor q el, y no quisiera aserle daño a mi prima y lo peor de todo es que se va esta noche es muy triste.

 

Lo bueno es que pude pasar este fin de semana co el y claro mi prima en la picina y mientras jugabamos a botar la piedra y nadar a cojerla (ya se un juego de niños) el me cogia de la mano y mi prima se daba cuenta , me quedaba viendo feo, yo le digo que no me gusta para que no se moleste conmigo  pero a mi enverdad que me gusta. Y NO SE QUE HASERLlora

 

Si talves alguna me puede dar un consejo o algo se los agradeseria mucho

Capítulo Diez

Bueno veran, la parte que me salto solo ablas con tu mama y ella te dise que tiene sospechas de que  tu padrastro la esta engañando entonse tu desisdes inviestigar, y tienes una sesion de sicologia(no se como se escribe) con tu padrastro,  me la salto porque aqui no sale nick y no es muy emosionante

 

 

 

Obligué a Mel y a Kera a acompañarme a la sesión de «terapia de relaciones» esa noche. Cuando acabara su charla, ellas lo entretendrían mientras yo rebuscaba por la casa. Por suerte mi furia había disminuido y creía tener suficiente control para no atacar al bastardo traidor con un látigo y un soplete.

Quería a ese hombre, pero aún así iba a castrarlo.

Tal vez no me habría afectado tanto si no hubiera visto la foto de Nick con Gwen Tetas Grandes.

Pero creo que sí. Un engaño era un engaño.

Mi madre abrió y se animó al ver a sus sobrinas.

-¡Mel, Kera! Me alegra mucho que hayáis venido. Hace demasiado que no os veo. ¿Cómo os va, chicas?

-Bien, tía Gloria. Muy bien -contestaron al unísono. La abrazaron.

-Entrad, entrad -yo seguí a Mel y a Kera, pero cuando intenté adelantar a mi madre, ella me agarró el brazo y me apartó a un lado-. Pareces lista para la batalla -susurró-. ¿Qué estás planeando?

-Es mejor que no lo sepas -la besé en la mejilla, captando su perfume de azucenas-. ¿Dónde está el doctor Jonatito?

-Sabes que odia que lo llames así -mi madre señaló la parte trasera de la casa-. Te espera en la salita de estar.

La salita era amplia y luminosa, y estaba llena de elegantes estatuillas de pájaros de todos los colores y razas. Jonathan los coleccionaba. Si yo tuviera que analizarlo a él, diría que los colecciona porque es un bastardo traidor a quien le parece bien pisotear la autoestima de una mujer y arruinar su capacidad de volver a confiar en nadie.

Eso y que quizá le gustaría salir volando.

Mi padrastro estaba sentado en una mullida mecedora, fumando una pipa y leyendo un libro. Tenía una buena mata de pelo cano y barba bien recortada.

A lo largo de los años ese hombre me había hecho terapia sobre todo, desde desórdenes alimentarios a compulsiones consumistas. Había pasado toda mi infancia excavando en mi interior, descubriendo por qué me comportaba como lo hacía.

Tal vez por eso estaba tan desequilibrada.

Una bonita mujer de veintitantos años ocupaba la otra mecedora. Ella también estaba leyendo y no notó nuestra llegada. Rizos rojos enmarcaban su rostro redondo y agradable. Sus cejas eran oblicuas y tenía labios pequeños y con la forma de los de Betty Boop. Llevaba una camiseta rosa ajustada y pantalones de rayas rojas.

¿Podía ser ella el nuevo interés amoroso de Jonathan? ¿Estaba acostándose con una mujer a la que doblaba en edad? Mi ceño se convirtió en una mueca. ¿Cómo se atrevía a llevarla a casa de mi madre? ¡Indignante! Seguramente intentaría convencernos de que la pelirroja era una «amiga». Yo había conocido a un montón de amigas de Richard, es decir, putas, desvergonzadas y guarras.

-Hola, Jonathan -saludé, controlando mi voz. Bastardo traidor. ¡Púdrete en el infierno!

Él levantó la vista del libro y sonrió, sin consciencia de que planificaba su muerte mentalmente.

-_________. Has sido muy buena al venir -dejó la pipa en el cenicero y el humo lo rodeó como una nube-. Te alegrará saber que he estado estudiando rituales de apareamiento de primates, con la esperanza de ayudarte con tu problema.

Mel resopló y tuve que pellizcarle el brazo para evitar que dijese cualquier barbaridad.

-¿Qué problema? -pregunté. Él no contestó.

-Veo que has traído a las gemelas -dijo, animándose-. Excelente. Excelente. Estoy seguro de que esto será beneficioso para todos.

-¿Quién es tu amiga? -señalé a la pelirroja con la barbilla. No pretendía sonar tan grosera, pero mi tensión sanguínea iba en alza.

-Hola, soy Jennifer -la mujer en cuestión se levantó y me ofreció la mano-. La vecina de Jonathan y de Gloria.

-Encantada de conocerte -dije, sin aceptar su mano. Vecina... la palabra debía significar «golfa» en la actualidad.

Ella parpadeó, obviamente sorprendida por mi ambivalencia.

-Yo también me alegro de conocerte -dijo.

-Yo soy Kera -Kera me lanzó una mirada de «¡Qué diablos te pasa a ti!» antes de darle un amistoso apretón de manos a Jennifer-. Y ésta es mi hermana, Melody. Todo el mundo la llama Mel.

-Jennifer participara en la sesión -dijo Jonathan-. Pensé que a ella también le haría bien.

«Apuesto a que sí», pensé, sombría.

Mel, Kera y yo nos sentamos en el sofá. Mi madre se sentó en el brazo de la mecedora, junto a Jonathan. Jennifer volvía a su sitio cuando Jonathan lo impidió.

-No, no, Jennifer. Tú siéntate junto a _________.

Yo me tense, no quería a la golfa a mi lado.

-Estoy bien aquí -ella me miró inquieta.

-Al sofá -ordenó Jonathan.

Yo me moví para hacerle sitio y Jennifer se sentó. Olía bien, a rosas. Tome nota mental de odiar ese perfume el resto de mi vida, así como de buscar olor a rosas en la ropa sucia de Jonathan.

-Percibo el interés de todo -Jonathan se frotó las manos con deleite. Vivía para esas tonterías-. Ése es el primer paso hacia la recuperación, ya lo sabéis.

¿De qué intentábamos recuperamos? ¿De conocer a machos tramposos y golfos?

«Controla tu amargura, _________. Ya habrá tiempo para eso después». Esbocé una sonrisa falsa. En el pasado siempre había soportado esas sesiones de terapias porque hacían feliz a Jonathan. Él había hecho todo lo posible para que me sintiera querida, y yo hacía lo mismo por él. Pero en ese momento, sólo deseaba que acabara.

Jonathan encendió el equipo de música con el mando a distancia. Comenzó a sonar una suave música de new age. Kera me miró y yo encogí los hombros.

-Bueno, chicas -dijo él-. Quiero que os relajéis.

Como si eso fuera posible. Mis huesos y músculos se sentían tensos y frágiles, a punto de romperse.

-Cerrad los ojos -utilizó su voz de «Estoy-en-un-sitio-feliz»-. Eso es. Relajaos. Encontrad vuestra pradera de placer. Melody, cierra los ojos, por favor. Buena chica. Tú también, _________.

Aunque todas habíamos soportado múltiples sesiones de terapia a lo largo de los años, supongo que no nos habíamos dado cuenta de que no hacer lo que Jonathan pedía sólo prolongaba la experiencia.

-Gloria, por Dios -suspiró Jonathan-. Estás haciendo sombra sobre mis notas.

-Oh, cielos. Lo siento -mi madre se levantó y se colocó en un rincón.

Yo observaba la escena con los ojos entrecerrados y estuve a punto de levantarme y darle un bofetón. ¡Nadie le decía a mi madre que se quitara de en medio! No era una interacción habitual entre mi madre y Jonathan. Actuaba de manera extraña, como había dicho mi madre, y no me gustaba.

Un punto a favor de Nick era que nunca me hablaba con desdén, como si fuera una mosca latosa. Aún así, le gustaban las morenas de piernas largas y eso lo hacía tan indeseable como Jonatito.

-Mejor -dijo Jonathan-. ¿Por dónde íbamos? Cerrad los ojos... hecho. Prado de felicidad... sí, ya está -su voz volvió a suavizarse. Parecía idiota cuando hacía eso-. Imaginaos en un prado. Un prado verde lleno de flores silvestres e iluminado por el sol.

Kera me apretó la rodilla.

Mel se tragó una risita.

Jennifer no se movió. De hecho, apenas la oía respirar.

-Mientras estáis en ese lugar seguro y feliz, quiero que consideréis mis palabras. Quo las visualicéis, incluso. Las relaciones son como mapas. Cuando conocéis a alguien nuevo, os planteáis un rumbo.

Bla, bla, bla.

-A veces el viento os azota, claro. Pero eso no significa que vuestra ruta no sirva. Sólo significa que debéis reajustarla. ¿Entendéis que intento decir?

-Yo sí -dijo mi madre con voz dura.

-No te lo digo a ti, Gloria.

Tuve que morderme el carrillo por dentro para no arrancarle la cabeza de cuajo.

-¿Entendéis, chicas?

Yo asentí con rigidez y di un golpecito a Kera y a Mel. Ellas también asintieron.

-Bien. Ahora es momento de imaginar al hombre, no la mujer, con quien planeáis casaros.

Muy sutil, sin duda.

-Recordad, ninguna opción es incorrecta -se aclaró la garganta-. ¿A quién ves tú, Kera?

Ella me miró preguntándome con la expresión: «¿En serio tengo que contestar a eso?»

Yo asentí.

-Veo a alguien a quien quiero mucho -dijo-. Pero no distingo su rostro.

-Eso no importa. Al menos sabes que tu rumbo te conducirá al amor. ¿Y tú Melody? ¿A quién ves?

-De hecho, veo a cuatro hombres.

-¿Cuatro? -gimió él.

-Uno por cada divorcio.

-Quizá tengamos que reajustar tu mapa -soltó una risita nerviosa-. Trabajaré eso contigo en privado -centró su atención en mí-. ¿A quién ves tú, _________?

Entonces me harté. No tenía ganas de convencer a mi padrastro de que me gustaban los hombres.

-¿_________? -insistió él.

-Veo a Jennifer -le dije-. Me ha gustado desde que entré en la habitación -con eso, me incliné hacia la mujer y le di un gran beso.

Sorprendentemente, ella respondió.

 

 

 

-¿Cómo iba a suponer que Jennifer es lesbiana? -susurré con furia.

Kera, Mel y yo estábamos en la cocina, supuestamente preparando algo de beber para todos. La sesión de terapia había acabado y era la hora social.

-¿Visteis la expresión de doctor Jonatito? -preguntó Mel, riéndose-. No ha tenido desperdicio.

-Sí, ven aquí y bésame, chica guapa -Kera frunció los labios.

Me tapé el rostro con las manos. Me sentía culpable por lo mal que había mirado y tratado a Jennifer, creyendo que era la amante secreta de Jonathan.

-¿Qué queríais que hiciera?

-No lo sé, pero me apunto a la siguiente sesión de terapia que quiera darnos -dijo Mel-. Nunca me había reído tanto. Quizá la próxima vez me diga que el pene de un hombre es como una flauta. Si se sopla lo bastante fuerte, hace música.

-Llevad las bebidas y entretened a todo el mundo -dije, tras una risa ahogada-. Tengo que investigar.

 

 

 

Primero busque en el dormitorio de Jonathan y mi madre. No hace falta decir que odie hacerlo. No necesitaba saber que dormían en sábanas de satén rojo ni que tenían espejos en el techo. No necesitaba ver los juguetes sexuales del cajón de la mesilla. Sobre todo, no necesita ver el libro Strokia Sex, fuera lo que fuera eso, que tenía Jonathan bajo la almohada.

Asqueada, rebusqué en la cesta de la ropa sucia y capté el aroma de un perfume dulzón. Floral y almizclado, sí, pero no de azucenas. Mi madre tenía razón, no se parecía al suyo. Busqué manchas de carmín y pelos en las camisas de Jonathan.

Nada. Ni una mancha ni un pelo. El hombre era inmaculado.

Por supuesto, un tramposo necesitaba ser inmaculado para ocultar sus actividades clandestinas.

Con Richard el Bastardo yo había contado los condones. No compraba una caja nueva sino que utilizaba la que había en casa. El número iba bajando y no los había utilizado conmigo. Pero mi madre ya había pasado la menopausia, así que eso no servía.

¿Qué mas buscar? Mi madre había dicho que Jonathan hacía llamadas en secreto. Necesitaba su factura telefónica. Aparecerían listados las llamadas recibidas y realizadas.

Con la sangre golpeteándome en los oídos, fui al despacho. Era pequeño, pero estaba lleno de libros. Casi todos de rollos psicológicos. Comprobé que los cajones de su escritorio estaban cerrados con llave. Seguro que allí guardaba fotos porno de su amante.

Me senté en el sillón de cuero negro y revisé mis opciones. Podía forzar las cerraduras con un abre cartas, pero eso me delataría. Podía buscar la llave, no encontrarla y perder un tiempo precioso.

En realidad no tenía otra opción que arriesgarme a perder tiempo buscando la llave.

Eché un vistazo a la habitación. ¿Dónde escondería la llave si fuera Jonathan? En un sitio donde mi pobre y confiada esposa no pensara en buscarla. Richard había llevado la suya encima o en su maletín a todas horas. Dudaba que Jonathan fuera tan paranoico. Era médico de la mente, así que se supondría más listo que cualquiera que entrara en sus dominios.

Una foto de él pescando... no. Un libro hueco... no. Demasiado típico. Seguí mirando y desechando objetos. Entonces vi un pequeño e inocente periquito azul y amarillo. Lo alcé, preguntándome por qué mi sofisticado padrastro tenía una fea figura de plástico.

Sonreí al adivinar la respuesta.

-Claro, tú esconderías la llave a la vista -susurré. Presioné el pico del pájaro y salió una llave.

Con manos temblorosas de emoción y nervios, abrí los cajones y los revisé.

Rechiné los dientes al ver fotos de una mujer normalita y conservadoramente vestida. En algunas fotos tenía en brazos a un bebé de pelo negro.

¿Tenía Jonathan una hija de su amante? Claro. Si no, no habría escondido la foto. ¡Era un sinvergüenza!

También encontré la factura de su móvil. Había demasiados números para apuntarlos, así que doblé las hojas y las guardé en mi bolsillo. Con suerte, pensaría que las había perdido.

Colérica, pero encantada con mi triunfo, cerré los cajones, devolví la llave y volví a la salita. Suspiró con alivio cuando parecieron no fijarse en mi llegada. Mel y Jonathan estaban a un lado, discutiendo sobre el divorcio. Kera, Jennifer y mi madre estaban sentadas en el sofá, hablando de las virtudes de una buena crema limpiadora facial.

Fue casi surrealista pasar de espiar y encontrar fotos delatoras a una feliz escena doméstica en menos de siete minutos. Casi deseé estar soñando.

-Es hora de irnos -dije, con voz tensa.

Todos me miraron.

-¿Te encuentras mejor, cariño? -mi madre se levantó con expresión preocupada-. Mel ha dicho que te sentías mal.

-No, no me siento mejor. Estoy enferma -tosí para dar más realismo a mi afirmación.

-Vomitar seguramente le irritó la garganta -apuntó Mel para ayudarme.

-Sí, eso es -me froté el estómago y tosí de nuevo-. Siento no quedarme más, pero estoy deseando irme a casa.

Mel y Kera me miraron con alivio y corrieron a mi lado. Agarraron mis brazos y simularon sujetarme.

-Vamos a llevarte a casa y meterte a la cama -dijo Mel-. Tienes un aspecto horrible. Horrible.

Dejé que me condujeran hasta la puerta.

-¿Has encontrado algo? -susurró Kera.

-Registros telefónicos.

-Te llamaré mañana para ver cómo te sientes -dijo mi madre desde la salita, confiriendo un significado especial a sus palabra

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Buenochcas les dejomla nove no e podido suvir porque no e podido ir al internet

Este dia a sido el peor me a tocado dar una prueva de matematicas  y estubo super difisilEnojado pero en sociales me esacado un 20 eso me a calmado un poco Pulgar arriba

odio matematicasEnfermo/aGrrVampiro

Capítulo Nueve

 

¿Qué había conseguido con mi personalidad tolerante? Un marido que a veces me ignoraba, que nunca me había valorado ni considerado lo bastante buena, y que no tenía problemas en decírmelo.

Un marido que prefería repartir su amor por todo Texas a dormir con su mujer. Sí, tenía experiencia.

Después de nuestro divorcio nadie había querido contratarme. No sólo me había acostado con un cliente importante, había dejado un trabajo sin dar preaviso. Me merecía la falta de confianza. No podía haber sido más estúpida.

Me había visto obligada a empezar mi propia empresa. Ahora me alegraba, pero seis meses atrás había sido un despojo emocional, asustada del fracaso y al punto de la quiebra. Tal vez podría haber hecho algo distinto, como aceptar un trabajo que odiara, pero solo tenía experiencia en planificar fiestas y no me veía haciendo otra cosa.

Me pregunté si la historia estaría repitiéndose.

Allí estaba de nuevo, deseando a un cliente y empeñada en tener una aventura con él. Igual que Richard, Nick había sentido una atracción instantánea por mí, algo que no entendía. Era demasiado inusual. La mayoría de los hombres preferían la belleza ágil de Kera, o la personalidad salvaje de Mel.

Me froté la nuca y simulé estudiar las prendas que tenía ante mí.

-Eh, ________. ¿Hola? -la voz de Kera penetró en mis pensamientos y sacudí la cabeza.

-¿Qué? -me esforcé por volver a la realidad.

-Estabas en una especie de trance «voy-a-llorar-o-a-matar-a-alguien». He preguntado en qué pensabas.

-Richard. Nick. Mi propia estupidez. No importa -agité una mano, dejando de lado el tema-. Mel -dije-, hay un tipo al que quiero presentarte. Es guapo. Alto y de pelo oscuro. Con buen sentido del humor.

-¿Quién es? -el rostro de Mel se animó.

-Se llama Joe Phillips y trabaja para Nick  -recordé que Nick me había dicho que era de los que amaban y olvidaban. Eso lo hacía perfecto para Mel, cuyas relaciones románticas nunca duraban más de unas semanas. Ella hablaba mucho, diciéndome que me casara pero era tan anti-matrimonio como yo.

-Eh -Kera se dio la vuelta y miró una camisa de punto-. Conozco a Joe. Estaba en aquella boda para la que cociné, de una chica, ¿Denise... , Danny?

-Daisy -asentí-. Ése es. Es su hermano.

-Te gustará, Mel -dijo Kera-. Es más que guapo. Es deliciosamente sexy.

Mel cruzó los brazos sobre el pecho y tamborileó sobre sus bíceps con sus uñas pintadas de rojo intenso.

-Si es tan sexy, ¿por qué ninguna de vosotras ha salido con él?

-No nos lo pidió -respondí yo.

-Eso no es un punto a su favor. De hecho, demuestra que es un hombre muy tonto.

-Te gustan los hombres tontos -le recordó Kera.

-En eso tienes razón -Mel sonrió-. ¿Cuándo voy a conocerlo?

-No lo sé. Tendré que pensar en algo -dije.

Seguimos mirando y pronto encontré unos pantalones que sabía que mis primas aprobarían. Negros y muy ajustados, con cenefas de orquídeas rojas, rosas y amarillas en el bajo de la pernera izquierda. Los quería. Y no porque Nick pensara que huelo a orquídeas. Eran bonitos. Y fáciles de quitar.

-Esto es genial -Kera dio unas palmadas y unos saltitos-. Estoy emocionada por vosotras dos. Vamos chicas -dijo cuando se tranquilizó-. Hemos venido a comprar y eso vamos a hacer. Ahora que las hormonas de ________ han decidido salir a jugar necesitamos más cosas para su arsenal de seducción. A trabajar.

 

 

 

Esa noche, tumbada en la cama, hice recuento de las prendas que había comprado, un vestido de verano verde; Kera había insistido, una minifalda azul frío con una blusa sin mangas a juego, un traje pantalón color rojo sangre y un camisón de encaje negro. Y los pantalones negros, claro.

¿Qué pensaría Nick cuando me viera? ¿Llamearían sus ojos como cuando deseaba besarme?

¿Se volvería loco de ganas de arrancarme la ropa?

La imagen me excitó. Me puse de costado y miré por la ventana del dormitorio. Era una noche negra y aterciopelada, tachonada de estrellas. A veces odiaba esas noches sola, sin nada que hacer excepto pensar.

Quería hablar con Nick, oír su voz seductora y sexy, pero eso era un comportamiento tan de relación que fulminé el concepto. Acostarme con él, sí. Incluirlo en mi vida y confiar en él, no. Aún así, anhelaba tanto oír su voz que empecé a temblar.

Decidí llamar a mi madre. Sí, a mi madre. Si había algo que pudiera hacerme dejar de pensar en cuerpos desnudos y sexo telefónico era ella. Marqué su número en el inalámbrico que había en la mesilla.

-¿Hola? -mi madre sonó gruñona, adormilada y maravillosa al mismo tiempo.

-Hola a ti también -sonreí, ya más tranquila.

-¿________? -hubo una pausa y me la imaginé sentándose de un bote-. ¿Algo va mal? ¿Qué va mal? Sé que ha pasado algo.

-Nada va mal, te lo juro. Sólo quería oír tu voz.

-Gloria, ¿qué ocurre? ¿Qué ha pasado? -oí decir a mi padrastro.

-Es ________. Dice que llama para charlar.

-¿Charlar? ¿A esta hora? Algo va mal. ¿Qué es lo que va mal?

-No lo sé -mi madre suspiró-. Dame un minuto para descubrirlo.

-Vale, pero quiero hablar con ella cuando acabes.

Puse los ojos en blanco. Esa loca pareja siempre me devolvía a la realidad.

-¿Por qué no me dices qué te preocupa, cariño? -me dijo mi madre-. Nunca llamas a esta hora.

-Necesito tu consejo -las palabras se me escaparon sin que pudiera detenerlas-. ¿Cómo puede saber una chica si un hombre la tratará bien? ¿Si será fiel?

-¿Estás pensando en casarte otra vez? -dijo, emocionada.

-No, nada de eso -refuté-. Sólo siento curiosidad por cómo supiste que Jonathan no sería como papá -que no la golpearía, engañaría, ni insultaría. ¿Cómo podía haber vuelto a confiar en otro hombre?

-No lo sabía -dijo mi madre-. No podía saberlo. Sólo podía tener esa esperanza.

-Mamá, esperaba que me animaras -gemí yo-. Que me dijeras que hay un hombre ahí fuera que me tratará bien y no me engañará con otras.

-No me has dejado acabar. Sí que hay un hombre para ti. ¿Te tratará bien? No siempre. ¿Te engañará? Eso lo dirá el tiempo. Ocurren cosas y la gente cambia -el tono de su voz se alzó con amargura-. Hasta Jonathan y yo tenemos nuestros problemas.

Todo mi cuerpo se tensó al captar la implicación de sus palabras. ¿Estaría intentando decirme algo? Jonathan y ella apenas discutían. Mi madre debía referirse a desacuerdos con los turnos de fregar los platos, o algo así de inocente. A lo largo de los anos, Jonathan había demostrado ser un buen tipo. Yo lo había acusado durante mucho tiempo de estar simulando; temía que un día se convirtiera en una bestia, pero no había ocurrido. Me relajé lentamente.

-Gloria, _________ no necesita oír nuestros problemas -se oyó un sonido de estática mientras mi padrastro le quitaba el aparato-. _________, soy Jonathan. El matrimonio es maravilloso. Sabes que no creo en el divorcio y desaconsejo esa salida a mis pacientes.

Si, había oído su opinión al respecto mil veces en los últimos meses. Él creía que debía darle a Richard el Bastardo otra oportunidad. Tal vez debería haberle contado todo lo que Richard me había hecho, cuánto me había herido. Pero solo les había dado a mi madre y a él una leve idea de lo ocurrido, ocultando la cruda realidad. No había querido que la gente a la que más respetaba conociera mi estupidez.

-¿Estás pensando en volver con Richard? -preguntó.

-Mi respuesta es la misma que la última vez que lo preguntaste. Diablos, no.

-Oh -la decepción sonó patente en su voz.

-Insistes en que lo acepte de nuevo, pero tú no viviste con él -apreté el auricular con súbita ira. Decidí olvidar mi orgullo un momento y aclarar las cosas-. Tú no tuviste que sufrir una humillación total en sus manos. ¿Y si te dijera que Richard intentó matarme mientras estuvimos casados? -mi voz sonó dura e inflexible. Por primera vez en mi vida me sentí como una auténtica Tigresa.

-Diría que tenías todo el derecho de dejarlo. Pero no lo hizo. Richard no es un hombre violento.

-No intentó matarme físicamente, no. Sólo intentó matar mis sentimientos. Mi autoestima. Me engañaba, Jonathan. Una y otra vez. Me dejó en la ruina. Hizo que me sintiera despreciable. ¿No es eso igual de malo?

-Lo siento, _________ -tartamudeó él-. No lo sabía.

Mi cólera se esfumó. Ese hombre me quería de verdad. Me había educado desde los nueve años y siempre me había tratado como a una hija. Quería lo mejor para mí. Se oyó otro chisporroteo de electricidad estática y mi madre agarró el teléfono.

-Naomi, cariño, te he oído. Hiciste bien dejando a Richard. Espero que se pudra en el infierno.

-Gracias, mamá. Eso significa mucho para mí.

-Entonces, ¿has encontrado a otro hombre? ¿Por eso llamas?

-No -mentí. Nick era otro hombre, otra tentación. Otro mundo.

-Siempre sé cuándo mientes. Tu voz suena más aguda. Nos veremos mañana en Holy Grounds a las ocho -sonó como un sargento que esperase el cumplimiento de sus órdenes-. Necesitamos tener una conversación madre-hija.

-De acuerdo -no se me ocurrió negarme.

Además, quería verla. Quería a mi madre y no pasaba suficiente tiempo con ella-. Buenas noches, mamá.

-Buenas noches, cariño.

Colgué y me tumbé. Miré el techo. Bien. Había llegado el inicio oficial de una larga noche en vela.

Jack Vidgen

miren chicas es increible ademas de guapo

soy jonatica y belieber pero tengo que admitir que canta mejor que justin

 

 

Yo me sentiria acosada despues de ese beso Enfermo/a

 

Digamen chicas que creen?

Capítulo Ocho

 

A veces, para acechar a su presa y conocer sus hábitos, una Tigresa debe acercarse despacio, observar y medir antes de lanzarse velozmente al ataque. Con maniobras bien calculadas, puede dar el golpe mortal sin que su presa se percate de su presencia.

 

-¿Qué te parece éste?

Alcé la vista de la hilera de trajes de vestir, negros, marrones y azul marino. Todos llegaban hasta el tobillo, eran sencillos y ocultarían cada centímetro de piel de la mirada traviesa de un hombre.

Al ver la selección de mi prima, fruncí el ceño.

-No voy a ponerme esa... esa... servilleta porno.

-¿Qué tiene de malo? -Mel echó un vistazo al minivestido verde que sostenía.

-No cubrirá el bajo de mis bragas y el escote llega casi al ombligo. No tengo intención de ganarme unos dólares extra mientras este fuera.

Era miércoles por la noche y estábamos visitando las rebajas de un gran almacén, en aras de mi viaje a Colorado con Nick. El día anterior había llegado una partida de ropa verde; Mel y Kera, al enterarse, habían exigido que fuéramos de compras. Siendo la mujer débil y manipulable que soy, acepté. Y no porque quisiera estar guapa para Nick. Lo juro.

¿Funciona aún el viejo truco de cruzar los dedos?

-Pruébatelo, por lo menos -persistió Mel, justo cuando el PDA que llevaba en el bolso emitía una serie de pitidos-. Y apaga eso, por Dios.

-No puedo -harta, rebusqué en el bolso y golpeé el estúpido aparato. Pitaba cada hora, recordándome el viaje. Nick, diabólico hijo de Satán, lo había programado de modo que no podía apagarlo ni bajar el sonido. Además, la pantalla destellaba mensajes tipo «Disfrutarás del viaje, te lo prometo». Cuando calló por fin, miré de nuevo la elección de Mel.

-Me sentiría más cubierta con el cuerpo pintado.

-Eso no es mala idea -sonrió con astucia.

-Aunque estuviera dispuesta a pasear por ahí como si fuera un anuncio porno, no quiero nada verde. Parecería sopa de guisantes. O, peor aún, un pañuelo usado. Me da igual cuánto le guste el color a Nick.

-¿Qué te parece éste? -Kera alzó un conservador traje pantalón verde menta-. Está a mitad de precio.

-Y sigue siendo verde -dije, exasperada-. No voy a ponérmelo. ¿Por qué no me escucháis?

-Hermana, querida -apuntó Mel-, va a Colorado con Nick Jonas, no a una cumbre de bibliotecarias sexualmente reprimidas.

-Tienes razón -rió Kera.

-Algo sexy -dijo Mel-. Salvaje. Desinhibido.

-No intento seducirlo -protesté yo.

-Oh, por favor -clamaron al unísono.

-Lo digo en serio -¿Cuántas mentiras podían decirse en un día antes de que Dios negara su perdón? Cuando era niña, mi madre solía decirme que eran 490 al día. Me estaba acercando peligrosamente.

-Puede que no te permitas intentarlo -dijo Mel malévola y sabihonda-, pero quieres. Mucho.

No intenté negarlo, pero tampoco acepté sus palabras. Se tomó mi silencio como negativa.

-Pensé que tenías cerebro dentro de ese cráneo -farfulló-. Si no quieres seducirlo, tenemos que buscarte una receta de Viagra femenina. Con urgencia.

-Quizá deberíamos llevarla al médico a que le hagan pruebas -sugirió Kera.

-Chicas, soy una arpía con cicatrices emocionales. No hay más -acaricié las solapas de una chaqueta de lana-. Ni medicamentos ni pruebas cambiaran eso.

-Verdad -dijo Mel.

-Tienes razón -dijo Kera.

¿No se suponía que tenían que defender mi carácter? ¿No se suponía que debían asegurarme que una olimpiada sexual me haría mucho bien?

-Aún así -añadió Mel-, creo que el látigo y las plumas que te regalamos te ayudarían a superar tu mala uva.

La imagen de Nick atado desnudo en mi cama llenó mi mente. Yo le daba latigazos y luego calmaba su dolor con las plumas, o la lengua. Mis pezones se endurecieron y sentí un pálpito entre los muslos.

-Bueno, vaya -Mel se rió-. Algo de lo que he dicho ha despertado tus hormonas -lanzó una mirada descarada a mis pechos.

Sonrojándome, me tapé con las manos. Debería haberme puesto un sujetador acolchado; tenía uno y no me avergonzaba. Las mujeres de poco pecho tenían que hacer lo que podían para llenar bien sus blusas. Eso habría ocultado a mis traicioneros pezones.

-Así que no eres tan inmune a él como pretendes hacernos creer -Kera alzó un vestido verde de flores-. ¿Por que ibas a besarlo si no? Dos veces.

-Cállate -ordené.

-No somos el Tattler. No tienes que mentirnos.

-Es obvio que os deseáis -intervino Kera.

Giró en redondo, sujetando el vestido contra su cuerpo-. ¿Qué problema hay? Sedúcelo y sácatelo del sistema. El sexo no tiene por qué implicar un compromiso.

Sabía que no creía sus palabras, y también lo que intentaba hacer. Kera pensaba que si me acostaba con Nick, me enamoraría de él y querría casarme.

¿Y si tenía razón? Eso era lo que me asustaba.

-El sexo si supone un compromiso para Nick -dije. Le quité el vestido y lo colgué. Nada de verde.

-¿Sólo por ese artículo? -preguntó Mel dubitativa, mirando más vestidos inexistentes-. Podría ser todo una broma. O una exageración. Los medios de comunicación siempre distorsionan las noticias.

-La prensa tenía razón esta vez. Lo sé porque... -era hora de sincerarme. Se merecían la verdad-. Se ha declarado. A mí.

-¿Declarado? -Kera me agarró por los hombros y me volvió hacia ella-. ¿Quieres decir que te ha pedido que te cases con él?

-Bueno, sí -me mordí el labio inferior. Mi pequeña y diminuta prima me sacudió dos veces.

-¿Y qué dijiste?

-No, claro.

-No, claro, dice -Kera alzó los brazos en el aire y se volvió hacia Mel-. ¿Acabas de oír lo que ha dicho esta tonta? ¿Es posible que sea pariente nuestra? ________ ha rechazado a un hombre con el aspecto de Colin Farrel, más rico que Dios y que la encuentra tan deseable que no puede vivir sin ella.

-Eh, espera un...

-Hasta a mí me cuesta creerlo -Mel chasqueó la lengua-. Una cosa es decir que no vas a casarte nunca y otra muy distinta rechazar la propuesta de un hombre así. _________, ________, ________. ¿Vamos a tener que recluirte en un manicomio?

-No he dicho que no pueda vivir sin mí. Él no ha dicho nada parecido -en cierto modo sí. Había dicho cosas maravillosas, que hacían que me temblaran las rodillas al recordarlas. Había pensado en mí durante seis meses. Había soñado conmigo. Me quería.

-Está implícito en su propuesta -Mel se colocó un mechón rojo tras la oreja y me miró fijamente-. Si no vas a plantearte lo del matrimonio, al menos di que pensarás en tener una aventura salvaje con él.

¿Cómo podía no pensar en ello? Mi cuerpo anhelaba a ese hombre como una droga.

-Seguramente pretenderá que volemos a Las Vegas en cuanto nos hayamos acostado juntos.

-Que lo pretenda no significa que tú aceptes. Cierto.

-¿Por qué no me lo presentas? -Kera cambió el peso de un pie al otro y me miró con tanta fijeza como había hecho Mel-. Yo no tengo ninguna estúpida norma sobre no salir con clientes, y estoy más que lista para enamorarme y casarme.

Me tensé y sentí el mismo desasosiego que había sentido en el despacho de ________. No lo quería para mí, pero ni en broma quería que lo tuviera otra. Tampoco Kera.

¿Por qué me volvía loca ese hombre?

-Créeme -dije, intentando adoptar una actitud desinteresada-. No te interesa, Kera. ¿Qué clase de marido iba a ser? Es obvio que viaja mucho. Es mandón, arrogante, egocéntrico, tiránico y creído. ¿Y qué pasa con George? Creí que te interesaba.

-Puede que me interese más Nick -soltó un largo suspiro de ensoñación que quizás fuera falso-. Es tan guapo.

Sí. Sí que lo era. Y sus besos me esclavizaban. Me hacían jadear pidiendo más. Tal vez, cuando terminara de planificar la fiesta de su madre, Nick y yo podríamos tener algún tipo de aventura.

Ladeé la cabeza mientras consideraba esa posibilidad. Hum... sexo en la playa. Sexo en un balcón. Sexo en cada habitación de mi casa. Sexo, sexo, sexo. ¿Le interesaría una aventura? Era un hombre sano y había dicho que me quería en su vida. Si le dejaba claro que solo podía ofrecerle sexo, se rendiría.

Nunca había tenido una relación puramente sexual, en la que los sentimientos estuvieran prohibidos. ¿Podría manejar una? Seguro que sí.

Tenía que admitir que la idea de tocarlo a placer me atraía. Saborearlo también. Y dejar que me tocara y me saboreara. El calor invadió mis venas y me lamí los labios. Unas cuantas noches de sexo caliente y sucio, sin emociones, seguramente curaría mi obsesión por él. Mi necesidad de su cuerpo desnudo contra el mío, penetrando y embistiendo eróticamente.

Decidí que sí. Le seduciría después de la fiesta. Aunque sólo fuera por mi paz mental. Me acostaría con él y salvaguardaría mi corazón. Cuando hubiéramos saciado nuestra pasión, nos separaríamos. Sencillo. Fácil. Nadie sufriría.

-Kera -dije-. Quiero a Nick, así que tú no puedes tenerlo.

Ella sonrió lentamente, como si eso fuera lo que había querido oír.

-Ya era hora -murmuró Mel.

En toda mi vida, sólo había estado con dos hombres. Número uno: Jase Waldren, mi novio del instituto. Después de salir juntes varios meses, había tomado mi virginidad en el asiento trasero de su oxidada furgoneta amarilla y nunca había vuelto a llamarme. Tampoco me había importado. Aquella noche había estado tan cerca del orgasmo como de comprarme unas botas de cuero negro y tacón de aguja de Dolce & Galbana.

Número dos: mi ex marido. Acababa de empezar a trabajar en una empresa local de planificación de fiestas y Richard el Bastardo entre, meloso y seguro, buscando ayuda para una fiesta de trabajo. Era abogado especialista en divorcios y diez años mayor que yo. Atrapada por su carisma, pedí ocuparme de su fiesta. Le gusté de inmediato y me engatusó.

Nos casamos poco después.

Inmediatamente después de la ceremonia, sugirió que dejara el trabajo. No lo dijo con esas palabras, pero quería que le dedicara cada momento del día. Como una estúpida, lo hice. Le amaba y quería hacerlo feliz. Y a una parte de mi la idea de cuidarlo le parecía muy romántica. Renunciar a todo por el amor y esas basuras. Sí. Tenía experiencia. Mi madre también había renunciado a su vida por mi padre.

Capítulo siete

 

Quería oírme decir que mis labios anhelaban los suyos, que me sentía perdida e insegura sin sus brazos. Era la verdad, pero no podía decirlo. Si supiera lo cerca que estaba de rendirme, se lanzaría sobre mí.

-No lo haré -contesté, sin mirarlo. Silencio.

-No te entiendo -dijo él, exasperado y colérico-. No entiendo cómo puedes arder en mis brazos y luego volverte tan fría.

Esa vez, giré en redondo y señalé su pecho.

-Eso es. No me entiendes porque no me conoces. No sabes nada de mi vida. Ni de mi pasado. No tendré una relación contigo, Nick.

Sus rasgos se suavizaron cuando la luz del sol que entraba por la ventana lo iluminó creando un halo a su alrededor.

-Sé que eres fuerte y sincera y que luchas por lo que quieres. Lucha por mí.

Estuve a punto de capitular. Diablos, cambiaba más de opinión que de ropa interior. Esas palabras... , esa suplica... , nunca había oído nada tan bonito. Nadie me había llamado «fuerte» en mi vida.

-No puedo -susurré; decirlo me costó un mundo.

-¿Por qué no? -alzó las manos en el aire-. Ayúdame a entenderlo, para que pueda ayudarte a aceptar lo que hay entre nosotros.

Hacía que sonara muy fácil. Muy tentador. «Soluciona tus problemas y podremos estar juntos». Cerré los ojos y sufrí el asalto de mis horribles miedos. Los hombres engañaban, mentían y perdían interés en su mujer. Llamadas telefónicas a media noche, «viajes de negocios».

-Cuéntamelo -dijo con voz suave.

Si le hablaba de la infidelidad de Richard el Bastardo, admitiría mi estupidez. Mi debilidad. ¿Cuántas veces había perdonado a Richard? ¿Cuántas veces había dejado que me tratase como a una basura? Nick acababa de decir que me consideraba fuerte y capaz, una luchadora. No quería que cambiara de opinión. No quería que me viese como un felpudo.

-No hay nada que contar -respondí, mirándome las manos-. Sencillamente, no estoy interesada.

-¿Es esto un juego? -me dijo, con el ceño fruncido-. ¿Estás haciéndote la difícil, volviéndome loco para que sólo piense en ti? Si es así, ha funcionado. Lo admito, siempre estás en mi mente. Sueño contigo, te deseo constantemente.

Deseé taparme las orejas. Huir. Quedarme.

-No me digas esas cosas -moví la cabeza.

-¿Por qué no? Es verdad.

-No estoy disponible para ti -dije, desesperada por creer cualquier cosa menos sus palabras. Capitular no era una opción. No con él. Porque me afectaba mucho más que Richard y eso lo hacía aún más peligroso-. Estás reaccionando al reto.

Nada más.

-Te equivocas. Quiero casarme contigo. Y eso no tiene nada que ver con que seas un reto.

Me dio un vuelco el estómago y creo que, durante un segundo, perdí la visión. Se me cerró la garganta.

-¿Quieres casarte conmigo? -conseguí gemir.

-Sí.

-Sólo me conoces hace unas semanas, ¿quieres casarte conmigo? -subí la voz-. Ni siquiera hemos tenido una cita, ¿y quieres casarte conmigo?

-Sí -dijo con serenidad-. Llevo soñando contigo seis meses, _______. Después de la recepción de Daisy Phillips te llamé para pedirte que salieras conmigo. Nunca devolviste mis llamadas. Admito que, en un momento de desesperación, le pedí a mi madre que te encargara la planificación de su fiesta. Fue lo único que se me ocurrió para que entraras en mi vida.

Santo Dios. Me tapé el rostro con las manos. Sentía un zumbido en los oídos y espasmos en el estómago. Tenía la sensación de haber entrado en un mundo irreal y enfermizo.

-¿Me... me quieres? -pregunté, incapaz de mirarlo. Siguió una larga y pesada pausa.

-Sí, así es.

-Esto es una locura, Nick. Tienes que darte cuenta de hasta qué punto.

Él cruzó los brazos sobre el pecho y ladeó la cabeza, estudiándome, midiendo cuánto revelar.

-Esta empresa iba muy bien cuando la dirigía mi padre, pero dupliqué los beneficios siguiendo mis instintos. Nunca me han fallado y ahora mismo sé, sé, que eres la mujer para mí.

-Estás desesperado por casarte. Cualquier mujer serviría.

-¿Eso crees? -se pasó la lengua por los dientes-. ¿JY por qué no he elegido a una de las candidatas?

Parpadeé. Había sabido que me deseaba, su forma de besarme lo probaba sin duda. Diablos, su aún patente erección también. El día anterior, en mi casa, había sospechado que buscaba un compromiso. Pero oírlo... Era una insensatez. ¿Amor?

-Nick...

-No digas que no -me cortó-. Di que lo pensarás.

¿Pensarlo? No sería capaz de pensar en otra cosa durante el resto de mi vida. Tomaría la decisión equivocada y nunca dejaría de preguntarme qué habría ocurrido si hubiera elegido la otra opción.

-Te quiero en mi vida, ________, y estoy dispuesto a hacer lo que haga falta para convencerte de ello.

Su dulzura, su voluntad de luchar por mi golpeó mi resolución con más fuerza que nada. Pero... «¡No!», gritó mi mente. «Es peligroso. Sufrirás. Es un hombre. Te engañará». Tenía que combatirlo, seguir resistiéndome, y sólo había una manera. No podía pensar en él como Nicholas Jonas, el hombre de mis sueños. Tenía que pensar en él como hombre sin más, un infiel y mentiroso bastardo.

-No. Quiero. Casarme. Nunca -grité-. Nunca, nunca, nunca -di una patada en el suelo-. ¡Nunca!

-No lo dices en serio -movió la cabeza.

-Ya lo creo que sí. No me casaría aunque los alienígenas invadieran el planeta y la única salvación fuera casarme con su líder. ¿Está claro?

-Exageras, intentas alejarme de ti por la razón que sea. Aún veo el miedo en tus ojos.

-¿Qué hace falta para que entiendas que la única manera de llevarme al altar será fría y en un ataúd?

-¿Estás diciéndome que no te interesa el amor? -preguntó él tras mirarme en silencio un momento-. ¿Ni un vestido blanco, un anillo de diamantes y una iglesia llena de familia y amigos emocionados?

Asentí con determinación. No tenía ninguna duda.

-Correcto -eso ya lo había hecho y casi me había matado en consecuencia.

-No te importará que me ría en tu cara, ¿verdad? Conozco a las mujeres, sé que sueñan con una boda espectacular, con un marido que las adore y con tener sus hijos -abrió los brazos hacia mí-. Aquí estoy, dispuesto a darte esas cosas. ¿Vas a decirme que no?

-Correcto -afirmé de nuevo, inflexible.

-Increíble -movió la cabeza exasperado.

-Esto ha sido muy interesante -dije, alisándome la falda-. Ahora te diré lo que pienso yo. Te prometo por todo lo sagrado que no busco una alianza. De hecho, ni siquiera deseo ser dama de honor.

-No te creo -movió la cabeza otra vez.

¿Cómo podía explicarlo para que lo entendiera?

-No quiero un hombre. Punto. Nada de hombres. Me enferman. Hombres malos. Puaj, puaj.

-Espera -él abrió los ojos de par en par-. ¿No te gustan los hombres?

-No -por fin lo había entendido.

-¿Por qué diablos no me lo dijiste antes?

-Trabajamos juntos, para empezar. No tenemos por qué hablar de asuntos personales.

-No me había dado cuenta -moviendo la cabeza, se dejó caer en la silla-. Lo siento.

-Sí, bueno, ahora sabes la verdad.

-¿Siempre te has sentido así?

-No -repuse, optando por la verdad-. Sólo durante los últimos seis meses.

-No había ningún indicio. Quiero decir... -se pasó una mano por el pelo y me miró acusador-. Me besaste. Dos veces. Pensé que te gustaba. Son las rubias, ¿verdad?, las gemelas de las fotos que hay en tu mesita de café. Debería haberío adivinado. ¿Pero cómo podía saberlo?

-¿De qué diablos estás hablando? -parecía que se hubiera transportado a otro planeta.

-Prefieres las mujeres a los hombres -dijo-. No es nada de lo que haya que avergonzarse, simplemente no me di cuenta. Parecía gustarte... Oh, mierda.

«Ahhhhh». Era demasiado.

Apoyé las manos en las caderas. Creía que salía con dos mujeres, gemelas, por demás. ¿A qué venía esa fijación de los hombres con las gemelas?

-No soy lesbiana, Nick. Que una mujer no esté interesada, no implica que sea homosexual.

Un silencio tenso y prolongado llenó el espacio.

-Entonces, ¿no eres... ? -los rasgos de Nick se relajaron gradualmente.

-No.

-Maldición -clamó, tensándose otra vez-. Has dicho que no querías saber nada de los hombres, que te ponían enferma. Otra vez dijiste que odiabas todo lo que tuviera un pene. ¿Qué otra cosa iba a pensar?

-Tal vez que no estoy interesada en una relación, como he dicho. O que quiero vivir sola, sin la interferencia de un hombre. O que sencillamente no quiero romances. Y menos con un Triple C.

-¿Qué diablos es un Triple C? -inquirió.

-Corporativo. Controlador. Y Completamente Inapropiado para mí -antes había sido «Comando en toda regla», pero la frase era mía y podía cambiarla como me viniera en gana.

Él alzó las cejas casi hasta la línea del cabello.

-Admito ser corporativo. ¿Pero controlador? ¿Inapropiado para ti? No lo creo. Soy un VSP.

-Explícate, por favor -crucé los brazos y volví la vista al techo, con resignación.

-Voluntarioso. Sexy. Y Perfecto para ti.

Por no hablar de egocéntrico.

-¿Ah, eres así?

-Sí, así soy -cruzó los brazos sobre el pecho, imitando mi postura desafiante.

-Esto no es un juego, Nick. Te aseguro que no busco un hombre. Ningún hombre. Ni siquiera un VSP. No hay más que decir.

-Pues resulta que yo sé que eso es mentira -sus labios se curvaron y sus ojos chispearon como zafiros. Me escrutó como si tuviera rayos X en los ojos.

Incómoda, pasé el peso de un pie a otro.

-No dejas de decir que sabes cuándo miento -odié que me temblara la voz-. Y es imposible.

-Tu lista. La había olvidado, pero ahora...

-¿Qué lista?

-¿Te suenan las palabras «Qué buscar en Don Intocable»? Si intentas evitar a Don Intocable, eso implica que buscas a Don Perfecto.

Sentí un chispazo de ira, pero duró poco. Me eché a reír. Era muy divertido. Muy dulce. Miré su mandíbula perfectamente afeitada y me reí aún más.

-Te afeitaste -dije. Me doblé de risa-. Ahora lo entiendo. Número cinco. Don Intocable no se afeita bien y rasca.

-¿Qué tiene eso de gracioso? -Nick estrechó los ojos y se puso rígido.

-Nada, si la lista fuera mía.

-Claro que es tuya. Estaba en tu casa.

-No. Perdona -volví a reír-. Es de mis primas, Kera y Mel. Las gemelas rubias de la foto.

Pasaron cuatro minutos en silencio absoluto.

Excepto el sonido de mi risa rebotando en las paredes. El hombre había hecho el ridículo y me sentía con derecho a divertirme a su costa.

-¿Estás segura de que no es tu lista?

-Lo juro.

-Pero yo no soy como ese Don Intocable.

-No es mi lista -dije, sonriente.

-No puedo creer que esté pasando esto -gruñó-. ¿Segura al cien por cien de que no es tuya?

-Sí.

-Pero te encantan las listas.

-Por eso apunte yo. Para las gemelas.

-Fantástico. Tenía la posibilidad de ganarme a la dueña de la lista. Ahora, bueno... Mierda.

De repente me quedé inmóvil, perdiendo el buen humor. ¿Y si... ? No. No quería ni plantearme la idea. Pero mi mente se negaba a borrarla. Tragué saliva.

-Si tanto te fascina esa lista -dije, midiendo mis palabras-, podría interesarte saber que Kera, una de las gemelas, envió una solicitud. Es inteligente, bella y busca el amor -rígida, esperé su respuesta.

-Suena genial -su tono de voz no reveló lo que pensaba en realidad. Ni tampoco su expresión inescrutable-. Pondré la suya arriba del montón.

No quise analizar por qué sentí que mi corazón se contraía dolorosamente.

Dark Hunters

Hola!!! les voy asubir un video delos dark hunter son unos libros muy binitos e interesantes les recomiendo que los lean

La escritora es Sherrilyn Kenyon, son de vampiros que nochupan sangre...

lose es raro pero tienen que leer para entenderlos ademas  son hot ;)  Cuenta la historia de estos cuando se enamoran son tan lindos

 

No  les explico porque me tardaria años en esplicarles

capas que seria mas largo que la novela Lengua

 

 Mis dark hunters favoritos son  Nick Gautier, Kyrian de Tracia y el gefe de los dark hunters Acheron Parthenopaeus, cada dark hunter tiene su historia

 

 

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Nick Jonas: Es un enpresario famoso heredero de la Aeronautica Jonas, dise que lleva enamorado de _________ desde ase 6 meses cuando la vio en una fiesta que ella organizo a uno de sus amigos.

Nick Jonas: Es un enpresario famoso heredero de la Aeronautica Jonas, dise que lleva enamorado de _________ desde ase 6 meses cuando la vio en una fiesta que ella organizo a uno de sus amigos.

Tn_______ ta_______

Tn________ Ta__________ es una organizadora de fiestas que acaba de salir de un terible matrimonio exactamente ase 6 mese donde vio a Nicholas Jonas en la primera fiesta que ella organizo sola.

El problema es que ella no quiere saber del amor por eso se Vuelve un reto para Nick.

(No les pongo una foto de ustedes para no dañar la imaginacion :p

La verdad es que no se a quien poner)

Kera y Mel son primas de tn______ Kera paresiera que ubiera nacido con el diablo en su ombro encambio Mel es todo lo contrario pero las dos son un apoyo incondicional para tn_______

Kera y Mel son primas de tn______ Kera paresiera que ubiera nacido con el diablo en su ombro encambio Mel es todo lo contrario pero las dos son un apoyo incondicional para tn_______